
Literatura, inquisición y no pocos tontos del haba
No me digan que no lo recuerdan. Hace casi tres meses, una cuadrilla de inquisidores morales denunciaba en ciertos medios de comunicación un pasaje del libro de Fernando Sánchez Dragó y Albert Boadella: Dios los cría… El fragmento infernal decía, del puño y letra de Dragó, que a éste, durante una de sus largas estancias en Japón allá por los años sesenta —tenía él veintitantos años—, se le habían trajinado dos lolitas cuya edad, intuía, no computaría más de trece años. Como todos sabemos, muchos medios de comunicación emprendieron campañas salvajes para hundir la vida del escritor. Campañas que incluían manifiestos para que retiraran el libro, para destruir su carrera literaria o para cerrar el programa que hace en Telemadrid. Entre otras cosas como peticiones de cárcel, castraciones y cadenas perpetuas legisladas aprisa y corriendo porque la ocasión la pintaban calva. Tal cual. El tenderete de grupos, plataformas y peticiones campea por las redes sociales como un santo relicario expuesto en el zaguán de un obispado.
No voy a entrar a sopesar el vericueto moral que ha suscitado, básicamente porque soy de los que piensan que cada cual puede hacer con su vida lo que le venga en gana siempre y cuando no deambule más allá de la línea de la legalidad. Y lo digo porque en España, como en Japón, tener relaciones consentidas con adolescentes —a partir de trece años— no es delito. Personalmente pienso que tener relaciones con adolescentes es una soberana pérdida de tiempo y una falta de criterio y seriedad abismal, pero allá cada cual con su vida, no seré yo quien se meta en la casa de otros, deporte tan nacional en este país de analfabetos y meapilas. Y lo digo con este nudo correoso entre las papilas y la garganta porque me atiza la brasa de los redaños el hecho de que la inmensa mayoría de estos borregos televisivos, adalides de imponer lo que está bien o lo que está mal —cuando seguro que la mitad ha robado alguna vez, ha traicionado a un amigo o le ha sido infiel a su sufrida esposa—, no tuviera, antes de publicar semejante memez en televisión, el cuarto de dedo de frente necesario para irse al código penal e informarse de lo que ellos, públicamente, se disponían a denunciar, para constatar que lo que hizo Dragó —si realmente lo hizo, pues suena a bravuconería de verja de instituto— en España no es delito. Ya lo digo: deporte nacional. Destripar en ruedo público al que no piensa como el semejante. Hay que defender la infancia, enarbolaron los leguleyos de gulag improvisado ahora devenidos en los nuevos inquisidores éticos de una extraña conferencia episcopal laica. Hay que joderse.
Pero todo este recital que les expongo, al hilo del soberbio libro de Dragó y Boadella, viene a cuento por algo de parecidas circunstancias que sucedió hace unas semanas. Un concejal socialista de una localidad granadina publicaba en su facebook unas declaraciones denigrantes que tenían como protagonista la memoria de Mari Luz Cortes, si recuerdan, la niña asesinada por un pederasta —de los hijos de puta de verdad— hace unos años. Su padre —aquel padre coraje— ha entrado a formar parte del PP recientemente, y el edil en cuestión, al respecto, publicó: “No hay como una hija muerta para entrar en política”. Semejante canallada, en un país de justos, instruido en la mayor virtud: el sentido común, hubiera sido portada en todos los medios. No hace falta ser de izquierdas o de derechas para refrendar que tal afirmación es una somera bestialidad; juzguen ustedes mismos. Y que, por supuesto, no se puede comparar la perogrullada con ínfulas de fanfarronería de Dragó con las salvajes palabras de este edil. Vuelvan a juzgar ustedes mismos.
Pues no. Vaya por dónde. No. Las cadenas de televisión tan defensoras de la infancia, tan justas y tan políticamente correctas, tan de la Telemierda —y dicho sea de paso, tan adalides del esnobismo del ridículo y el esperpento humanístico—, guardaron silencio con las palabras de este energúmeno, lo que no hicieron con Dragó. Ni Wyoming. Ni Pilar Rahola. Ni Mª Antonia Iglesias… Nadie dijo esta boca es mía. Está claro que las declaraciones lesivas hacia la infancia toman gravedad en función de la ideología política de quien las suelta. Sólo unos pocos medios se hicieron eco de la barbaridad del edil en cuestión, y todos digitales.
Pero es que no más tienen que poner los siete primeros canales de su TDT. El pensamiento único que acuñó George Orwell, oigan. La nueva inquisición moral de lo políticamente correcto. Cinco millones de parados, un país al borde del hundimiento económico y social y estos siete primeros canales haciéndonos creer que estamos en el jardín de la abeja Maya. Megaguay, todo, oigan. Aquí no pasa nada. Como decía una canción de Ska-p: nos comemos la tostada. Auténticos nodos televisivos como los que encasquetaba antes de las sesiones de cine un dictadorcillo feo, gordo y bajo que gobernó este país antes de la democracia.
Pero, no obstante, no sé por qué me sorprendo, pues en la frontera de acceso a este país hay carteles bien grandes que informan: “Bienvenidos al país de no me importa quedarme tuerto para que el de al lado se quede ciego”. El fanfarrón de Dragó ya lo ha probado en sus carnes.
Por cierto, el libro, bien. Directo. Necesario. Transgresivo. Barojiano. Políticamente incorrecto. Humano. Nietzscheano. Ácido. Entre sus páginas, lo que la gran mayoría de ustedes piensan, en mayor o menor medida, pero nadie tiene huevos de decir.
Léanlo.





