lunes, 01 de agosto de 2011

Tuvo lugar en mayo de 1809, y su punto culminante fue el enfrentamiento acaecido en Fonz el 20 de ese mes, día de Pentecostés. La batalla hay que enmarcarla en la Guerra de la Independencia (1808-1814). El general francés Habert había establecido su centro de operaciones en Barbastro y con cuatro mil efectivos se disponía a tomar la zona oriental rebelde del Cinca, por orden del mariscal Souchet que operaba desde Zaragoza (esta ciudad había capitulado ya tras el segundo sitio). Las tropas rebeldes aragonesas las componían compañías del ejército regular de Huesca y Lérida, bajo las órdenes del brigadier Felipe Perena y el coronel Juan Baget; compañías de miqueletes[1] y somatenes[2] de los pueblos del Cinca que eran comandadas por el fraile Teobaldo, entre otros. En Fonz, las tropas las lideraba Luis María de Cistué[3]. Todos estos efectivos (regulares y voluntarios), más numerosos que los franceses, habían sido puestos bajo las órdenes de Pedro María Ric, barón de Valdeolivos, que operaba desde Fonz.

            El domingo 14 de mayo, Habert había puesto en marcha su plan para tomar el Cinca. Dos tercios de su ejército cruzarían por la barca de Alcolea-Albalate; el resto remontaría el río por su orilla derecha hasta Pomar, donde Habert cruzaría por allí con sus escuadrones de coraceros[4]. Pero el destino jugó a favor de los aragoneses. Incomprensiblemente, como surgidas en ayuda de aquellos que defendían los pueblos de sus orillas, las aguas del Cinca crecieron en varias horas hasta desbordarse por las tormentas de esos días en el Pirineo. La crecida tuvo lugar mientras el ejército francés cruzaba por las barcas, de modo que partió en dos los efectivos, dejando a la mayor parte de la tropa en la orilla derecha y al resto en la orilla izquierda, aislados en territorio rebelde. Habert ordenó a gritos (después de matar a los barqueros en un ataque de ira y enviar a la muerte a dos de sus soldados a nado) que se pusieran bajo las órdenes del capitán Robinchon y tratasen de llegar hasta la barqueta del Ésera[5] para volver a Barbastro; la ofensiva había fallado y habría que esperar a que el río estuviera vadeable.

            Las tropas españolas, tan pronto supieron de la mala fortuna de los franceses, se apresuraron en dar caza al pequeño contingente[6] que había quedado aislado en su orilla rebelde. Una compañía de batidores al mando del capitán Pedro Domec les siguió en su periplo por Binaced, San Esteban y Azanuy. Mientras tanto, el resto de tropas españolas (habiendo salido con prontitud de Monzón) se habían congregado en Fonz, bajo las órdenes de Juan Baget, Teobaldo, Luis María de Cistué y Pedro María Ric; allí les harían frente.

            Las tropas francesas entablaron tiroteo con las aragonesas en la zona de los alberos (actual gasolinera abandonada). El cañón que trajeron de Zaragoza fue ubicado en la era Cistué[7], primero, y en San José, después. Pero las tropas francesas evitaron el enfrentamiento y viraron hacia Estadilla hasta llegar a la barqueta del Ésera, tal como les hubo ordenado a gritos desde la otra orilla el general Habert días atrás. Creyeron que por esa parte el río podrían cruzar. Ilusos. El río estaba impracticable. Las tropas aragonesas los cercaron en la orilla; la mortandad fue terrible. Muchos se ahogaron tratando de cruzar[8] el río; el resto fue rematado o hecho prisionero. La flor y nata del Grand armée: voltigueurs[9], coraceros y granaderos, infantería pesada e infantería de línea de élite, fue muerta o hecha prisionera por el ejército aragonés, compuesto en su mayoría por voluntarios y somatenes. Una veintena de oficiales franceses, veteranos de Auerstädt, Eylau, Ulm o Austerlitz, fueron hechos prisioneros.

            Todos pasearon encadenados y desnudos por delante del palacio de Valdeolivos aquella noche del 20 de mayo, bajo la mirada de los soldados y oficiales aragoneses. Los que sobrevivieron, sin duda, se lo pensarían hoy dos veces si tuvieran que volver a Fonz, aunque fuera en fiestas para echarse una caña. Mucho cuidadito con los foncenses. Ahora o hace doscientos años.



[1] Eran miembros de la milicia de carácter mercenario o voluntario, reclutada por las diputaciones y las juntas de la Corona de Aragón para acciones especiales o como refuerzo de las fuerzas regulares.

[2] Levas forzosas que se realizaban en el medio rural para defender la tierra y apoyar al ejército regular. Estaban formadas por mozos autóctonos que acudían a la defensa al toque concreto de campanas u otros dispositivos de alerta.

[3] III barón de la Mengllana. Joven e impetuoso (contaba entonces con 28 años). Fue pintado por Goya cuando niño, y su madre, Mª Josefa Martínez de Ximén Pérez, había sido dama de la reina Maria Luisa. Había escapado con vida del segundo sitio de Zaragoza y había recalado en Fonz, su pueblo natal, para comandar la defensa contra el francés. Su padre fue José de Cistué y Coll, fiscal de Indias de su Majestad.

[4] Caballería pesada de élite francesa. Portaban coraza y casco de hierro. Iban armados con carabina y sable.

[5] Vado de gran amplitud que se sitúa en la desembocadura del Ésera en el Cinca, junto al primer túnel de la carretera hacia Graus.

[6] Unos mil cien efectivos.

[7] Actual era del Fiscal.

[8] De hecho, un grupo de coraceros a caballo consiguió vadearlo y tras dejar a sus caballos exhaustos consiguió llegar a pie a Barbastro para dar el aviso al resto de la división Habert.

[9] Efectivos de infantería ligera de élite creada por Napoleón. Se les reconocía por el pompón verde sobre su chacó.


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jueves, 05 de mayo de 2011

A veces me das miedo, mi perfecto desconocido.

            ¿Qué son dos perfectos desconocidos? Son el cielo y el infierno, acaso diría Benedetti. Dos perfectos desconocidos son dos almas contumazmente desamparadas, ancladas para siempre de lágrimas viciadas y brillantes, como el vino que burbujea en el interior de una copa panzuda sobre el que la luz incide un momento, una noche, un instante.

            Así es. Son dos perfectos desconocidos los que saborean para siempre un mismo olor, una misma sensación. O el remover de hojas inquieto en el fondo del último bosque: un crujir de hojarasca perpetuo e infausto en el oído del ciervo, acechando por igual un nunca más o un para siempre en su pupila acuosa. Dos perfectos desconocidos son dos perfectos susurros en el tiempo, dichos muy despacio y muy cálido al oído, con el relámpago húmedo que recorre la nuca después. Son dos perfectos desconocidos. Desconocidos para siempre, para toda la eternidad, para el final de mis días y los tuyos, tan lejanos en el tiempo que ni el llanto será llanto cuando lleguen, ni la hiel será hiel; ni el rocío, rocío; ni el lapislázuli de ese cielo; ni la espuma de mis remansos. Nada será igual. Todo habrá cambiado para siempre, menos esos dos perfectos desconocidos.

            Dos perfectos desconocidos son una mirada diluida a través de la negrura, mansamente derramada entre ojos plomizos. Una mirada que lo dice todo, larga y para siempre. Son un olor inconfundible, aspirado despacio entre la carne tibia del cuello. Una voz apagada en la oscuridad de la calle. Un beso ansioso, voraz y exótico colocado sobre un fondo imaginario de nubes, violines y notas del pianoforte dorado sobre el que anhelé que me bailaras una noche. Dos perfectos desconocidos son la caricia de un animal asustado, del cachorro que juega a que seas feliz por un instante, un momento, una eternidad indefinida. Son dos lobos llorosos que se lamen el uno al otro, muy despacio, las heridas sucias e infectadas que no han conseguido cerrar.

            Son una suave caricia, son el spaghetti de la dama y el vagabundo, un beso sobre la cubierta de un barco de hielo, la alfombra roja bajo los pies de la princesa de Roberto Benigni, una mirada de Clark Gable en Mogambo, los dedos del pianista de Casablanca, una estrofa de Bécquer, dos amantes sin decirse nada, un abrazo despacio, un sueño, un suspiro, un principio, una mirada, un susurro, un adiós, un lamento, una sonrisa...

            A veces me das miedo, mi perfecto desconocido.

 

 


miércoles, 09 de marzo de 2011
ARTÍCULO PUBLICADO EN LA CLAMOR DIGITAL Y REVISTA AVIARA

SÁNCHEZ DRAGÓ Y UN PAÍS DE LEGULEYOS

Literatura, inquisición y no pocos tontos del haba


No me digan que no lo recuerdan. Hace casi tres meses, una cuadrilla de inquisidores morales denunciaba en ciertos medios de comunicación un pasaje del libro de Fernando Sánchez Dragó y Albert Boadella: Dios los cría… El fragmento infernal decía, del puño y letra de Dragó, que a éste, durante una de sus largas estancias en Japón allá por los años sesenta —tenía él veintitantos años—, se le habían trajinado dos lolitas cuya edad, intuía, no computaría más de trece años. Como todos sabemos, muchos medios de comunicación emprendieron campañas salvajes para hundir la vida del escritor. Campañas que incluían manifiestos para que retiraran el libro, para destruir su carrera literaria o para cerrar el programa que hace en Telemadrid. Entre otras cosas como peticiones de cárcel, castraciones y cadenas perpetuas legisladas aprisa y corriendo porque la ocasión la pintaban calva. Tal cual. El tenderete de grupos, plataformas y peticiones campea por las redes sociales como un santo relicario expuesto en el zaguán de un obispado.


No voy a entrar a sopesar el vericueto moral que ha suscitado, básicamente porque soy de los que piensan que cada cual puede hacer con su vida lo que le venga en gana siempre y cuando no deambule más allá de la línea de la legalidad. Y lo digo porque en España, como en Japón, tener relaciones consentidas con adolescentes —a partir de trece años— no es delito. Personalmente pienso que tener relaciones con adolescentes es una soberana pérdida de tiempo y una falta de criterio y seriedad abismal, pero allá cada cual con su vida, no seré yo quien se meta en la casa de otros, deporte tan nacional en este país de analfabetos y meapilas. Y lo digo con este nudo correoso entre las papilas y la garganta porque me atiza la brasa de los redaños el hecho de que la inmensa mayoría de estos borregos televisivos, adalides de imponer lo que está bien o lo que está mal —cuando seguro que la mitad ha robado alguna vez, ha traicionado a un amigo o le ha sido infiel a su sufrida esposa—, no tuviera, antes de publicar semejante memez en televisión, el cuarto de dedo de frente necesario para irse al código penal e informarse de lo que ellos, públicamente, se disponían a denunciar, para constatar que lo que hizo Dragó —si realmente lo hizo, pues suena a bravuconería de verja de instituto— en España no es delito. Ya lo digo: deporte nacional. Destripar en ruedo público al que no piensa como el semejante. Hay que defender la infancia, enarbolaron los leguleyos de gulag improvisado ahora devenidos en los nuevos inquisidores éticos de una extraña conferencia episcopal laica. Hay que joderse.


Pero todo este recital que les expongo, al hilo del soberbio libro de Dragó y Boadella, viene a cuento por algo de parecidas circunstancias que sucedió hace unas semanas. Un concejal socialista de una localidad granadina publicaba en su facebook unas declaraciones denigrantes que tenían como protagonista la memoria de Mari Luz Cortes, si recuerdan, la niña asesinada por un pederasta —de los hijos de puta de verdad— hace unos años. Su padre —aquel padre coraje— ha entrado a formar parte del PP recientemente, y el edil en cuestión, al respecto, publicó: “No hay como una hija muerta para entrar en política”. Semejante canallada, en un país de justos, instruido en la mayor virtud: el sentido común, hubiera sido portada en todos los medios. No hace falta ser de izquierdas o de derechas para refrendar que tal afirmación es una somera bestialidad; juzguen ustedes mismos. Y que, por supuesto, no se puede comparar la perogrullada con ínfulas de fanfarronería de Dragó con las salvajes palabras de este edil. Vuelvan a juzgar ustedes mismos.


Pues no. Vaya por dónde. No. Las cadenas de televisión tan defensoras de la infancia, tan justas y tan políticamente correctas, tan de la Telemierda —y dicho sea de paso, tan adalides del esnobismo del ridículo y el esperpento humanístico—, guardaron silencio con las palabras de este energúmeno, lo que no hicieron con Dragó. Ni Wyoming. Ni Pilar Rahola. Ni Mª Antonia Iglesias… Nadie dijo esta boca es mía. Está claro que las declaraciones lesivas hacia la infancia toman gravedad en función de la ideología política de quien las suelta. Sólo unos pocos medios se hicieron eco de la barbaridad del edil en cuestión, y todos digitales.


Pero es que no más tienen que poner los siete primeros canales de su TDT. El pensamiento único que acuñó George Orwell, oigan. La nueva inquisición moral de lo políticamente correcto. Cinco millones de parados, un país al borde del hundimiento económico y social y estos siete primeros canales haciéndonos creer que estamos en el jardín de la abeja Maya. Megaguay, todo, oigan. Aquí no pasa nada. Como decía una canción de Ska-p: nos comemos la tostada. Auténticos nodos televisivos como los que encasquetaba antes de las sesiones de cine un dictadorcillo feo, gordo y bajo que gobernó este país antes de la democracia.


Pero, no obstante, no sé por qué me sorprendo, pues en la frontera de acceso a este país hay carteles bien grandes que informan: “Bienvenidos al país de no me importa quedarme tuerto para que el de al lado se quede ciego”. El fanfarrón de Dragó ya lo ha probado en sus carnes.


Por cierto, el libro, bien. Directo. Necesario. Transgresivo. Barojiano. Políticamente incorrecto. Humano. Nietzscheano. Ácido. Entre sus páginas, lo que la gran mayoría de ustedes piensan, en mayor o menor medida, pero nadie tiene huevos de decir. 

Léanlo.


lunes, 17 de enero de 2011

  Lo sabes. En horas me levanto temprano para enterrar al hijo que tú nos mataste. Quitaré la maleza de la cunita de tierra que le hiciste en silencio durante una última semana y lo soñaré allá abajo, acurrucado y con los ojos de su madre del color de la uva temprana barnizados de claridad. Cuando sobre él apelmace la tierra, tan pequeño, mío y muerto, te prometo que al hijo que a ambos tú nos mataste le recordaré tus ojos tan siempre como nunca verdes. Lloraré despacio, todo lo lento que pueda, mientras arrojo arena sobre su carita blanca y sus cabellos dorados que son los tuyos. Gemiré despacio, todo lo lento que sepa, y surcarás mis mejillas con regueros de napalm de las refinerías de tu conciencia. Cuando se me espese la garganta por el llanto, junto a la cunita que le cavaste me pondré de rodillas, me acodaré sobre ellas y me callaré el lamento para darle el último beso en su carita; y juro que le pediré perdón en nombre de los dos; perdón por carecer de cuento que leerle y arroparlo para siempre con tierra.

            Lo sabes. En horas encuaderno el álbum de los daguerrotipos que te guardo sobre este pupitre. En esas láminas te ves ufana, te sonríes y languideces con alborozo en mi conciencia: Un ti voglio per sempre frente a una playa gris con forma de concha. Paso lámina. Las entradas de nuestra última película. Paso lámina. Un guiño a través de un cristal. Paso lámina. Un cabello del color de la miel en mi chaqueta horas después de mi asesinato. Paso lámina. Una sonrisa cierta de lado a lado de la mesa. Unas mariposas en la tripa antes de verte en la ciudad costera. Tu espalda en la noche eterna, durmiendo tan plácido como si estuvieras muerta. Un olor de un suavizante inconfundible. El primer te quiero en un banco a la espera de un taxi gris. Tu llanto en un piso extraño. Dos gatos sudorosos sobre el sofá en que conocí tu cuerpo. Tus lágrimas saladas en mi boca para siempre. Aplastaré el álbum contra mi pecho como cachorros que la leona abandona entre gemidos de angustia. No miraré atrás ni me desgarraré la garganta como ayer ni desollaré mi pecho con las uñas que me dejaste para ello largas ni me quitaré otra vez los ojos para pedirte que me los devuelvas cuando ya sea tarde para que los tengas ni me barbotará la boca sobre la sangre con la que estuviste pintando en secreto la lápida de nuestro hijo. ¡No! Ni yo seré más el mismo. Ni yo seré más. Ni yo seré. No. Ni tú tampoco. Ni tú me contarás al oído, como cada noche, el hijo que hubieras querido tener, como hacías antaño y ahora resuenas tan vívida como destempladamente en mi conciencia, porque en horas, lo sabes, lo acabaré de enterrar gritando y llorando hasta la muerte, lo sabes, como si yo mismo desapareciera en la fosacon él. En horas será para siempre el hijo que nunca tuvimos. El hijo que nunca tendremos.

            Lo sabes. En horas me arrastraré con las patas de una víbora sobre la caja donde fuiste guardando las preguntas que nunca quisiste que te hiciera. Te has llevado para siempre, adrede, la llave dorada y diminuta con que la cerraste. Te has llevado también, ya que lo mencionas en mi conciencia, una víscera que palpitaba cuando la sacaste a la luz con el denuedo de un sacerdote maya, unos rotuladores de colores con los que nos dibujamos la casita y el jardín en los que nos iba a doler el tiempo, y un sonajero con el ruido de tus jadeos dentro, que tiraré también en la cunita que cavaste y que ya te he contado. Todo eso te has llevado sin avisar, traidora. Pero no es lo único, ya que te oigo nombrarlo en el interior de mi conciencia. Te has llevado diez velitas de un cumpleaños, rotas como deditos de niño ciego bajo la bisagra de una puerta cerrada de golpe. Te has llevado el árbol que ya me da igual plantar. Lo sabes, traidora. Te has llevado el histrión matutino que reflejabas en mis pupilas, gestos de sirena desmadejada y pizpireta en manos confundidas, ademanes tan míos que te escuecen hoy, traidora, porque te los robé con la caricia póstuma de Erik el belga y me los sepulté tan hondo que ahora no soy capaz de devolvértelos. Te has llevado un reloj con manecillas de cristal, que transcurría en sentido contrario sin nosotros saberlo. Te has llevado una pista de audio que tenía como título rutina y cuyo intérprete era un barítono iluso de ojos amusgados y tiernos que iba aclimatando la voz en un in descrecendo inmisericorde, ópera maldita, que nos asesinó a los dos. Te has llevado el lápiz de carbón con el que me reinventaba cada mañana, ladrona. Te has llevado el nudo plácido de mi garganta y me has dejado uno sanguinolento. Te has llevado los sueños, los suspiros, el principio, las calles de mi ciudad contigo, el espagueti de la dama y el vagabundo, las orillas calladas de tus lágrima, la sangre verduzca de mi venas, mis lenguas en tu cuerpo blanco de veste de ángel, las pestañas arrancadas sin avisar, la luz al final de un túnel de doble carril, las teclas del pianoforte sobre el que bailabas, tu cara en las páginas de Benedetti, la uva reventada de tu sexo, el olor de tierra milenaria, lo que me prometiste, los años, las horas, la vida.. ¡No! Te has llevado eso, asesina. Te me has llevado, ahora sí, muy lejos.       

  Lo sabes. En horas me levanto temprano para enterrar al hijo que tú nos mataste.

 


lunes, 03 de enero de 2011

ARTÍCULO PUBLICADO EN LA EDICIÓN DIGITAL DE LA CLAMOR

 

Javier Cercas es un ilusionista de la tinta que se libera de las cadenas de la mediocridad literaria en el fondo de un cajón de acero en el fondo de un lago de insondable profundidad. De entre los posibles literatos mordidos por el sinsentido de la edición, éste es uno de los que no vale ni por asomo lo que escribe; su precio como emborronador de papel no debería poder pagarse ni con todo el oro del mundo. Y ahora lo ha vuelto a hacer

Anatomía de un instante es una novela de no ficción acerca del golpe de estado del 23 de febrero de 1981. Sublime. Fabulosa. Insuperable. Quítense ―y agiten― el sombrero ante la titánica epopeya de escribir una novela de no ficción, pues aunque parezca oxímoron de bombazo editorial, es un cometido harto complicado para cualquier vividor de las letras, que, sin embargo, este autor ha solventado con una maestría casi sobrenatural. Pero no es una narración al uso. No cuenta, a modo de ensayo, todos los pormenores del golpe de estado y su perpetración, como ya han hecho otras obras de indudable rigor; esta novela analiza todo un paradigma político a partir de un instante, una fracción de segundo habida durante el golpe, minutos después de la irrupción en el hemiciclo de los guardias civiles insubordinados. Es el momento en que el teniente coronel Antonio Tejero, pistola en mano, ha dado pie a un tiroteo indiscriminado hacia el techo del congreso ―tiroteo que, por cierto, intentaba detener tratando de alzar su voz de mando sobre los estruendos al constatar que aquello se estaba yendo de madre―, y tres de los protagonistas políticos más importantes de la transición española se comportan de una manera que ni el mejor guionista de Hollywood hubiera podido idear: Adolfo Suárez, Manuel Gutiérrez Mellado y Santiago Carrillo.

Es ese instante. Es en ese instante en que el recién dimitido presidente Adolfo Suárez, con las balas de los guardias civiles golpistas zumbando a través del atolondrado espacio del hemiciclo, se queda sentado en su escaño de presidente, con todos los diputados tratando de huir de la muerte acurrucándose como babosas frente al fuego bajo unos escaños de poder sustraído por la fuerza de las armas. ¿Por qué el primer presidente de la democracia, recién dimitido ―de hecho, en el momento de la irrupción de los golpistas, se estaba votando al nuevo presidente que sería, en sesión siguiente y aborto de golpe de estado mediante, Leopoldo Calvo Sotelo―, se comporta de esa manera, desafiando el imperativo de tirarse el suelo que los guardias civiles han escupido como férrea consigna nada más han invadido el congreso? ¿No es sino un cadáver político, como no pocos le atribuían, el mismo que desafía a los militares armados como ningún diputado falto de escrúpulos políticos tiene los arrestos de hacer? ¿Qué esconde el gesto de Adolfo Suárez?

Es ese instante. Es en ese instante en que el teniente general Gutiérrez Mellado se levanta de su escaño de vicepresidente impulsado por el resorte de la justicia para pedir explicaciones a los insurrectos, o acaso para enseñarles los galones de alto mando militar, o acaso para abofetear a los golpistas con la fe inextricable de quien habiendo sido irredento franquista ha entendido que la democracia es la única opción de un pueblo ahíto de estupideces dictatoriales, o acaso para purgar el alma negra de quien habiendo apoyado una insurrección militar cuarenta y cinco años atrás ―el 18 de julio de 1936― que puso fin a una democracia ―inestable y corrupta, pero democracia―, ahora expele sus remordimientos alzándose contra un golpe militar semejante a ése contra otra democracia que él mismo ha contribuido a consolidar. ¿Qué esconde el gesto de Manuel Gutiérrez Mellado?

Es ese instante. Es en ese instante en que el líder del Partido Comunista de España, Santiago Carrillo, el primero, con amplia ventaja, que hubiera sido ejecutado esa misma noche si es que en esa misma noche tenía que ser ejecutado alguien, se queda inmóvil en su escaño, ubicado en la quinta fila del ala izquierda del hemiciclo, fumando un cigarrillo que los españoles le hacemos perpetuo, desafiando, al igual que Suárez, las órdenes de los que no hace ni unos minutos han asaltado el congreso. ¿Hace esto por enseñar a toda España la imagen de un político maduro, acuciado durante décadas por la represión franquista, sabedor de que acaso tenga las manos manchadas de sangre por cosas ocurridas durante la guerra civil ―como no pocos que apoyan o se oponen a la democracia― y ahora es el momento de redimir cuantos errores se cometieron en el pasado, y que asume con porfiada penitencia la responsabilidad de haber sacrificado los ideales del comunismo para que su partido sea legalizado y pueda acceder al juego democrático? ¿Es por ello que se queda erguido, en mayestática gallardía que no es sino un legendario desafío a las mismas armas que han deseado su captura y muerte durante cuarenta años? Incluso cuando un guardia le ordena que se meta debajo de su escaño, él, pitillo negro de ira entre los dedos, se recuesta en un escorzo de farsa novelesca desoyendo la orden y jugándose quizás algo más que la vida con tamaña temeridad. ¿Qué esconde el gesto de Santiago Carrillo?

Ése es el instante. Un retazo de imagen congelada, clave para entender nuestra historia contemporánea, el final del franquismo y la recién iniciada democracia que todos disfrutamos y que muchos, aunque ahora acaso pasen con más pena que gloria, contribuyeron en su día a crear. A través de ese momento, Javier Cercas analiza como un cerebro virtual todo lo que rodeó el golpe del 23 de febrero, con sus protagonistas, responsables, hechos, operaciones, tropas sublevadas, mandos militares, organizaciones gubernamentales implicadas y demás aspectos de insoslayable conocimiento para todo aquel que diga llamarse ciudadano de este país, hilvanando todo como una colmena de conocimiento, cual biblioteca de babel de Borges perfectamente construida.

Como reza el introito de la novela, son cuatrocientas páginas de lectura compulsiva; un auténtico deleite que estimula en igual proporción el placer de la lectura y el placer del conocimiento. En mi caso, aunque cuando ocurrió aún no había nacido ―mi madre estaba embarazada de mí de dos meses―, tengo que confesar que jamás un hecho histórico que mis ojos no han visto ha sido recreado, a mi juicio, con semejante excelencia por un autor. Anoten su nombre: Javier Cercas. Y anoten este libro: Anatomía de un instante. De lo mejor que les puedo recomendar.

 


martes, 14 de diciembre de 2010

ARTÍCULO PUBLICADO EN REVISTA CULTURAL AVIARA

 Por norma, un ser humano tiene sesenta mil pensamientos al día. Los pensamientos se producen debido a diminutos impulsos nerviosos (eléctricos) entre neuronas. Esta comunicación entre neuronas se llama sinapsis, y es el fenómeno mediante el cual el cerebro crea los pensamientos, envía órdenes de movimiento al resto del cuerpo, genera las emociones, etcétera. En un segundo nuestras neuronas producen millones de sinapsis. La neurociencia es una disciplina a la que todavía le queda mucho por descubrir. “Lo que sabemos es una gota. Lo que ignoramos es el océano”, dijo Newton.

Las personas solemos caer en lo que la psicología oriental califica como “pensamiento empobrecido”. Nos sorprendería constatar que de los sesenta mil pensamientos diarios casi el noventa por cien son los mismos que el día anterior. Pensamos mucho, pero siempre lo mismo. Y, en el peor de los casos, solemos tener pensamientos que no nos hacen prosperar como personas, sino todo lo contrario.

Y ¿por qué les cuento todo esto? Cuando diseñé el currículo de la materia Activación de la memoria me propuse ofrecer una serie de contenidos que estimulasen la actividad neuronal de las alumnas (no quiere decir que la materia esté únicamente destinada al sexo femenino, pero, sorprendentemente, cuesta animar a los hombres a venir). Las actividades que llevamos a cabo contemplan prácticas que trabajan los dos hemisferios del cerebro (cada uno tiene funciones diferentes). A saber: ejercicios de cálculo, acertijos, juegos lingüísticos, estimulación de la creatividad… Pero también llevamos a cabo un taller literario en el que leemos y comentamos obras de García Márquez, E. Allan Poe, G. Adolfo Bécquer… Pero también trabajamos, y de eso quería hablar ahora, la parte emocional del cerebro.

En clase solemos visualizar películas seleccionadas por su carga emocional, transgresiva o —y quizás más importante aún— reflexiva. Películas que no dejan indiferente; que implican un posicionamiento del alumno, le obligan a reflexionar y alientan nuevos pensamientos y opiniones.

Hemos trabajado Una mente maravillosa, protagonizada por Russell Crown. ¿Puede un enfermo de esquizofrenia ganar el premio Nobel? Sí. Basada en la vida (historia real) de John Nash —premio novel de ciencias matemáticas en 1995—. Una película que nos dejó sepultados en un mar de dudas —a todos—. Existen reservas insondables de pensamiento —lean a Punset, hagan el favor— que no utilizamos; hemos caído, debido a ello, en una mediocridad de la que debemos salir.

Titanic. ¿Cómo una historia de amor corriente, de las que ha dado el celuloide en infinidad de ocasiones, puede llegar a los corazones de tantas personas en todo el mundo, haciendo de una historia común una obra maestra? A los que nos emocionó esa película, verla de nuevo implica que nos siga pareciendo un gran filme. La clave está en entender la prolífica mente de su guionista —que fue también su director: James Cameron—: cómo ordenó las escenas, cómo trató el final, cómo presentó la trama al espectador para hacer de un romance una historia inolvidable —que se hundía el barco todos los sabíamos, de modo que queda en un segundo plano el naufragio en sí—.

Qué decir de El rey león. Pobres ilusos quienes pensaron que era una película para niños. Jamás una obra maestra de los dibujos animados pudo aunar con magistral soberbia un contenido emocional que abarcase a público infantil, por un lado, y adulto por otro. Por fin una película de dibujos trata a los niños como si no fueran tontos —como, no obstante, parecen tratarles el resto de filmes de animación—, les mira de frente, les muestra el tema —tabú en la programación para niños— de la muerte y enseña y afianza valores que nuestra sociedad ya ha perdido. Y para el adulto, qué decir; véanla y juzguen ustedes mismos. A veces, contener las lágrimas al final o en pasajes internos es realmente complicado.

Mar adentro. Película muy complicada, con una carga moral de insoslayable confrontación ética. ¿Aceptan la eutanasia? ¿Hasta qué punto nuestro derecho a decidir sobre nuestra vida es nuestro? ¿La sociedad decide cuándo puedo morir o cuándo no puedo? Huelga decir que en el filme viene implícita una oleada emocional apabullante, pero necesaria, al fin y al cabo, para hacernos reflexionar sobre el asunto.

El oso. Película de J. Jacques Annaud de 1981. Acaso la recuerden. Una película rodada en los Alpes franceses —fotografía insuperable— que cuenta la historia de un osezno —grabada con animales de verdad— que pierde a su madre y se junta con un gran oso sobre cuya pista se encuentran dos cazadores sin escrúpulos. La escena del final del puma es insuperable —quien la haya visto sabe de lo que hablo—, de levantarse en el cine y descuajarte las manos con el aplauso. Baste citar la frase con que la peli termina: “Existe un placer mayor que matar: dejar vivir”. ¿Qué hemos hecho con el respeto que todos deberíamos tener por el mundo animal? ¿Y por el entorno que nos rodea? Véanla, rediós. Que al final van a terminar con la cabeza cuadrada de tanto ver la basura que da telecinco y demás medios de mediocre comunicación.

Es sólo un pequeño ejemplo de cómo podemos cambiar nuestros hábitos mentales. Me consta, empero, que muchas de mis alumnas han pasado, por las tardes, de tener como única preocupación qué hacer para cenar, a que su mente albergue nuevas cosas en qué reflexionar, y, de ese modo, elevar nuestra cualidad de ser hombres (y mujeres) por encima del listón del resto de mortales que, inexorablemente, han caído en la lacra del pensamiento empobrecido. Háganse cargo.


Suerte y Feliz Navidad.


Publicado por senderoslegendarios @ 16:53  | Educación
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lunes, 20 de septiembre de 2010

Ejercicio de ética periodística. Llega un profesor universitario de la carrera de periodismo a clase. Da los buenos días, deja su cartera encima de la silla y arroja sobre los pupitres de los alumnos unas fotocopias impresas con la noticia que viene adjunta a este artículo (ver imagen), salida el pasado 9 de septiembre en el Periódico de Aragón. Mírenla con atención. El ochenta por cien del alumnado, al preguntarles qué les sugiere el texto, responderá (al igual que el ochenta por cien de la población española): ¿qué está ocurriendo en el Congo? Seguramente, será ésa la primera noticia que habrán leído al respecto.

La República Democrática del Congo es un país centroafricano cuya capital es Kinshasha. Se independizó de Bélgica (el Congo belga) en 1960, y tras varias dictaduras, el último dictador, Mobutu (en cuyo mandato rebautizó al país como Zaire), fue depuesto para dar paso a una república presidencialista. Esto es importante, pero no lo es menos el hecho de que este país posee la acumulación de recursos naturales más grande de África y del mundo. En concreto, atesora reservas gigantescas de coltán, niobio, cobalto, diamantes, oro y un largo etcétera. En 1998 estalló una cruenta guerra al ocupar la parte este y norte del país tropas tutsis de Ruanda y Burundi, milicianos utus de Burundi y el ejército regular de Uganda. Estas tropas, aparte de esquilmar y arrasar el territorio congoleño, estaban (y siguen) en guerra también entre ellas. Hasta ahí podría ser un conflicto más de los centenares que riegan el mundo. Pero no es así, pues esta guerra se ha cobrado la vida ya de seis millones de personas en lo que se ha denominado el “genocidio congoleño” (en los últimos diez años). Y las muertes siguen. Cada día miles. Violaciones en masa de mujeres y niñas (Se está perpetrando lo que se ha denominado terrorismo sexual como destrucción y humillación sistemática de la población), asesinatos de centenares de personas arrojadas a fosas comunes, limpiezas étnicas de pueblos enteros, pues la inmensa mayoría de esos seis millones de muertos es población civil. Un genocidio sin precedentes. El mayor conflicto (en número de muertos) de la historia contemporánea después de la Segunda Guerra Mundial (ya casi la supera). ¿Ustedes creen que un conflicto de esta magnitud no sería portada en todos los periódicos cada día? Es casi la mayor matanza de población en el mundo de los últimos cien años. Pues ni una palabra. Ni una televisión informa de ello. Ni una radio. Ni una agencia de información. Muy pocos periódicos, y con noticias aisladas y descontextualizadas que no permiten conocer la naturaleza del conflicto. Sólo medios independientes de internet y artículos de periodistas independientes que llevan años denunciando algo que el mundo ignora.

¿No se preguntan por qué? Desde que estalló la guerra las principales corporaciones multinacionales de extracción de minerales se han adueñado de medio país, subvencionando la guerra y armando a los países de Ruanda y Uganda para mantener un statu quo que beneficia la obtención de recursos (en concreto, corporaciones estadounidenses, británicas, alemanas, belgas y una sudafricana). En el 2004, a modo de ejemplo, el gobierno de Blair extendió un crédito de 95 millones de dólares al gobierno de Ruanda. Se imaginan lo que se hizo con ese dinero. Y la situación sigue. Con unas corporaciones que financian la guerra entre enemigos ancestrales para poder seguir extrayendo esos recursos.

El silencio.

Silencio en todos los medios de comunicación. La información de estos medios (nuestros medios) es suministrada por agencias de información internacionales (corporaciones informativas) cuyos activos accionariales están, en la gran mayoría de los casos, en poder de las élites corporativas que también poseen las corporaciones antes mencionadas. Hay a quien, por si no se habían cerciorado, le interesa la ignorancia de una opinión pública y una sociedad civil que pueden poner o quita gobiernos. Gobiernos que, como bien es sabido, mantienen y financian el poder corporativo.

¿Es usted un ciudadano normal o todavía piensa? En dictadura la información se censura (el ciudadano sabe que se la censuran); en democracia, se manipula (pero el ciudadano, generalmente, no sabe que se la manipulan). A usted y a mí nos pueden seguir contando en la tele, como noticia de primerísima importancia, que un párroco americano gilipollas (sinonimia más que probable) quiere quemar el Corán (noticia que aumenta, intencionadamente, la brecha entre civilizaciones para mantener una guerra contra el Islam con la que hay gente que gana cantidades insondables de dinero). O la fabulosa información de dónde se hospedará Michelle Obama cuando venga a España. O, quizás, imágenes de una manifestación afgana o palestina donde se queman banderas occidentales. Puede que todas esas cosas sean ciertas (premisa indispensable del periodismo), pero poner esas noticias y esconder otras, emitir sólo las que interesa para generar en una población manipulable una conciencia deseada (crearnos un enemigo común, por ejemplo), o esconder matanzas monstruosas y conflictos en los que nuestros gobiernos venden armas o toman partido silenciosamente, eso, sin lugar a dudas, es manipular la información. Mientras, se está cometiendo un genocidio (con la mirada cómplice, impasible y ladeada de la ONU) de proporciones gigantescas, y, para usted, quizás contengan estas líneas las primeras palabras que lee y oye al respecto.

Mentir no sólo consiste en decir mentiras; también miente quien esconde intencionadamente la verdad.

¿Es usted un ciudadano normal o todavía piensa?

 


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