PUBLICADO EN L'AIGÜETA DE LA RIBAGORZA
A estas
alturas, y con todo el tinglado del bicentenario con los motores ya más
que calientes, nos viene al pelo sacar a colación el tema de la Guerra
de la Independencia. Pero más allá de conmemoraciones o exaltaciones de
la determinación patria –entre otras cosas que en la actualidad ésta
suscita- es irremediable mentar a Napoleón Bonaparte como máximo
responsable de la chispa que prendió la contienda –también es cierto
que su parte de culpa tuvieron Godoy o Carlos IV, más cerca de
personajes como Pepe Gotera y Otilio que de los cargos de valido y rey
que desempeñaron respectivamente-. Y es que nadie tuvo que hurgar
detrás de las orejas de Napoleón o entre la costura de su entrepierna
para constatar que de genio, estratega, político y dirigente acaudalaba
sobrados indicios, pese a que tantos desmanes causara en esta tierra.
Misma consideración cabe bosquejar si hablamos de Julio César, ya que
sus dotes y aptitudes le encumbraron a lo más alto, a donde se merecía.
Por no disertar de tantos otros como Pericles, Winston Churchill,
Alejandro Magno, etc… Son sólo algunos ejemplos.
Sirva el paradigma
de Napoleón para hacer responsable justicia de lo que implica llegar a
ser un gran político, dirigente o sucedáneo, con propias y merecidas
dotes para cambiar el mundo, fruto del arduo periplo que hay que
cimentar para arribar a citado fin. En términos futbolísticos
hablaríamos de marcar con puntilloso celo los tiempos para hacer un
buen remate de cabeza, representando este remate la metáfora de obtener
al poder.
La clave del sarao radica en hacer ver a más de uno que
hay políticos y dirigentes que durante ese “cursus honorum” suelen
sacar su librillo de smoking negro, extraer un papelillo de arroz y
fumarse en no más de tres caladas media historia -y parte de la otra-
saltándose a la torera esas pautas a seguir, que tan indispensables son
para llegar a la cima.
Y si no, que se lo digan a George W. Bush.
Baste echar un ojo a las noticias de la semana pesada y ver la
distendida reunión que Sarkozy, Barroso y el Presidente de los EEUU
–con Dios bendiga a América como escarapela- mantuvieron con el fin de
parir soluciones a trochemoche que echen improvisada lechada a las
rendijas del descalabro financiero que nos pisa los cordones de los
zapatos. Hablaba Sarkozy a los allí congregados y Bush, con su cara de
pescadilla del Cantábrico, escuchaba con ademán interesado lo que su
intérprete le traducía a través de un pinganillo que pendía de uno de
sus americanos soplillos.
Manda huevos, como diría un
antiguo Ministro de defensa ahora diputado raso; o qué cojonazos, como
diríamos en mi pueblo. Porque tener que aguantar que el Presidente del
país más avanzado del mundo tenga que usar pinganillo porque no
entiende a su homónimo francés tiene delito. Que alguien tendría que
dar un puñetazo en el buró del despacho oval y decirle al mono de feria
de Bush que Sarkozy hablaba en francés. Oye, en francés. Hubiera tenido
pase que lo hiciera en sanscrito, flamenco y, si me apuras, hasta en
ruso. Pero que lo hacía en francés, caramba. Que no es mi intención
conminar a todo aquel que no hable francés a pensar que no tiene
derecho al aire que respira. No. Pero casi es de cadena perpetua que no
lo haga el
.jpg/180px-Bush,_Sarkozy_and_Barroso_-_Camp_David_(2008-10-18).jpg)
Presidente
de los EEUU de América. Es decir, que si el mandamás del primer país
del mundo, de entre las cuatro lenguas más habladas en el globo, no
entiende ni habla francés; otro tanto con el castellano –de hecho, nos
destroza nuestro más internacional patrimonio cuando hace campaña
electoral para los hispanos-, ni mucho menos chino –ni en sueños me
imagino a este lacónico de miras hablar el mandarín-; quiere decir que
sólo farfulla el inglés que mamó de la teta de su madre tejana. Manda
huevos, reitero. Dos tercios de la juventud europea habla de dos a tres
lenguas, tiene licenciatura o diplomatura, estancias en el extranjero,
masters, cursos de esto y lo otro, o sabe y borda con artesana maestría
un oficio de lunes a viernes –o a sábado- para cobrar entre ochocientos
y mil miserables euros –y los jóvenes españoles somos los abanderados
de esta injusticia - para aguantar que un Presidente que roza el
retraso mental, internacionalmente proclamado el amo del mundo, no sea
capaz de mantener una conversación en francés. Que el Sarkozy hablaba
en francés, por Dios, no en un dialéctico caucásico.
Sólo deseo que
Obama sea un poco menos lameculos –y de otras partes pudendas- de las
corporaciones –unas armamentísticas y otras no tanto- como lo ha sido
este engendro; de momento, me consta que es político más formado,
inteligente y capaz. Bien seguro es que de no ser así, como diría mi
abuela: que Dios nos coja confesados.
Ahora bien, para mi alivio me
congratula pensar que no hay color si algún despistado tiene el farde
de comparar a Bush con Napoleón, por eso de que le huele el sobaco a
aires de grandeza y efluvios de amo del mundo, pero, y ahora sí que
tengo la mano en el pecho mientras tecleo, éste no llega ni a brizna de
latón del galón de su bicornio. Porque la historia, por aquel entonces,
era de sobras justa, no como ahora; y los dirigentes y políticos que
guiaron nuestra civilización lo hicieron porque de verdad atesoraban no
pocas cualidades para ello. Y, pese a quien pese, Napoleón era uno de
los elegidos. Y Julio César ni les cuento. Supongo que ya se imaginan a
dónde le llega el Bush también a este último.
Tags: Bush, darío español, bitacora, escarlata, Fonz, Huesca