domingo, 01 de febrero de 2009
LOS NOMBRES NOS DELATAN… (1)
ARTÍCULO PUBLICADO EN L'AIGÜETA DE LA RIBAGORZA
Una de las premisas fundamentales para estudiar, comprender o simplemente saber más acerca del pasado de una región o pueblo determinado, es el estudio de su toponimia. La toponimia es una rama de la onomástica que trata de discernir el estudio y origen de los nombres propios de un área determinada. Digo premisa fundamental, porque sin duda se trata de la rúbrica que la vieja historia ha depositado en pueblos, zonas y regiones de nuestra vasta geografía.
La Ribagorza se vanagloria de poseer un registro toponímico nutrido y variado. Como si de un polvoriento tomo de enciclopedia se tratara, nuestra comarca abarca nombres que provienen de sustratos célticos, vascones o ibérico-vascones, romanos, visigodos y árabes. Asimismo debemos entender que esta disciplina también se caracteriza por ostentar un margen de error y de ambigüedad muy elevado, ya que a lo largo de los años los términos provenientes de distintas raigambres idiomáticas se fusionan, reinterpretan o modifican; suponiendo esto una de las mayores amenazas a esta bendita disciplina.
Con todo, los topónimos más numerosos hacen referencia a época de dominación romana. Ejemplos de algunos de ellos son Secastilla, referente a los “siete castillos” que albergaba su territorio; Víu, del latín Vicus (poblado); Roda de Isábena y la Puebla de Roda hacen referencia al concepto latino “rota” que significa ruta; Graus guarda similitud con otras poblaciones en lo que a su nombre indica, estamos hablando en este caso de una designación latina que indica la disposición de la villa en forma de graderío (“gradus”). De esta época son muy comunes los antrotopónimos, es decir las designaciones de lugar como pertenencia a un señor, dueño o persona física. Encontramos Chuseu (perteneciente a un tal Justius), Bonansa (a un tal Venancio) o Aguinaliu (a un tal Aquilano); sin duda se trataría de terratenientes poseedores del territorio donde se asentaban y se asientan tales poblaciones.

Como hemos señalado antes es fácil caer en el error, ya que muchas de estas nominaciones, según algunos historiadores, pueden también hacer referencia a circunstancias de la orografía o geología donde se ubican las poblaciones, así como a actividades agrícolas, pecuarias o militares de sus moradores o bien a aspectos de fauna y flora característicos del lugar (Aguinaliu: Aguila+nido, Bonansa: deshielo, lugar orientado a la solana, etc…). Si bien es cierto que otros topónimos no inducen a ningún tipo de equivocación, por tratarse de nominaciones evidentes según las características arriba citadas: La PUEBLA de Castro, VILAnova, La PUEBLA de Fantova; en lo referente a características poblacionales; CASTEJÓN, SeCASTILLA (castillos) o TORRES del Obispo en lo referente a fortificaciones; CERLER (Cillero: almacén de grano) referente a actividades agrícolas y PURROY de la Solana (Pueyo [tozal, montículo] rojo) como descripción del emplazamiento geológico del lugar.
Como se puede observar los topónimos de origen latino son los más numerosos; realmente lógico si nos atenemos a factores de temporalidad y asimilación cultural. Lo que resulta más extraño es entender como topónimos de origen anterior y lingüísticamente más “misteriosos” han llegado hasta nuestros días… El polvoriento tomo de enciclopedia suele plantearnos, en ocasiones, retos y enigmas de difícil interpretación. (Continua en la siguiente edición)
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