La bitácora escarlata, Blog de Darío Español

domingo, 01 de febrero de 2009

LOS NOMBRES NOS DELATAN… (2)

ARTÍCULO PUBLICADO EN L'AIGÜETA DE LA RIBAGORZA

Nos delatan y nos confirman hipótesis y teorías. En el anterior capítulo vimos algunas de las formaciones toponímicas más características y abundantes de nuestra querida comarca. Ya vimos que existen topónimos que no alimentan en demasía nuestra suspicacia, por referirse, inexorablemente a aspectos constitutivos de su población o emplazamiento geológico; o simplemente nos informan del terrateniente que dejó su firma para la posteridad. Ahora bien, la toponimia, al estar emparentada con la historia, es sin duda un misterio. Muchos de ustedes, señores lectores, coincidirán conmigo cuando afirmo que la historia es un gran misterio… y eso es lo que la hace apasionante.

         Nuestros 2200 años ininterrumpidos –hasta nuestros días- de historia romana, no han conseguido menguar, ni eliminar completamente, lo que aun nos queda de los moradores anteriores a ellos. Al hilo de esto, podemos encontrar sustratos toponímicos célticos y vascones en nuestro territorio.

         Entre los años 900 y 600 a.C., coincidiendo con el Bronce final, penetran en la península oleadas de pueblos de origen céltico, los cuales se insertarán en la dinámica social, ya existente, de la población autóctona peninsular. Estas gentes aportarán modos de vida y de producción, así como avances sociales, militares y religiosos a los indígenas, abonando el camino para la formación de la cultura ibera que llegaría siglos después. De entre los términos más destacados de origen céltico destacamos –briga-, sufijo que podemos ver en Ballabriga, literalmente “pueblo de celtas”. Otras poblaciones que mantienen esa reminiscencia céltica son Beranuy y Serraduy, los cuales nos hacen referencia a dos antrotopónimos (relativo a un nombre de persona) pero con sufijo celtificado.

         Muchos de ustedes se preguntarán ¿Qué pintan topónimos vascones en nuestra Ribagorza? El pueblo vascón (o euskaro) se cree que fue una tribu autóctona que habitó, en origen, en la actual Navarra. Parece ser que este pueblo, salvaje y belicoso, culturizó a otras tribus adyacentes a su territorio, tal como várdulos, caristios o autrigones (pueblos celtas ubicados en el actual País Vasco); y a iaccetanos, oscetanos e ilergetes montañeses (los dos primeros pertenecientes a un tronco común al vasco) ubicados en nuestros solares pirenaicos. Estos pueblos adoptarían diferentes dialectos euskaras, dando lugar a los topónimos que hoy conservamos. Muchos de ellos son evidentes, tal como Bisaurri o Benabarre, alusión a sendos antrotopónimos con sufijo vascón. Ejep nos muestra una variación del término “Etxa” subyacente en el nombre de Echo (pueblo de la jacetania), y que significa “casa”. Otro topónimo característico es el de Benasque, el cual es una combinación del término céltico Ben (“montaña”) y asque, que proviene de la voz vascona “Osca” (al igual que Huesca), significa literalmente “pueblo de la montaña”.  

  

         Sin duda, la conservación de estos característicos topónimos tiene mucho que ver con el aislamiento que los valles pirenaicos experimentaron en los diferentes estadios de nuestra historia. Tanto es así que en los albores del Renacimiento todavía se hablaba vascón en algunos recónditos lugares del pirineo. La toponimia, como disciplina inexacta, esconde tras de sí innumerables misterios; los cuales aportan al viejo tomo de enciclopedia pasajes cifrados aun por descubrir… y disfrutar. 


Tags: Ribagorza, historia, Fonz, Darío Español, toponimia, Graus, Benasque

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