domingo, 01 de febrero de 2009
A Su Excelencia don Pedro Cerbuna y Negro,
ARTÍCULO PUIBLICADO EN L'URMO
Vuesa Merced tendrá a bien leer, junto al regocijo y calor de la llama de su cristiano hogaril, esta misiva que casi a escondidas me veo obligado a escribirle, por miedo a vil represalia castellana. Tenga Su Excelencia la consideración de quien se sabe bienhallado, cortés y comprensivo, de detener sus quehaceres pastorales en el obispado, para bien de nuestro Señor, con ruego de leer lo que con tan hondo y frío desespero me dispongo a relatar.
Desde mi salida de Zaragoza, allá por los diciembres del año postrero, no ha podido mi merced doblegar mi sufrimiento, pues ese rey español lo está avivando con sus desmanes en esta nuestra tierra. Y sepa Vuesa Merced, que con ávida rapidez comprende, ¡cuan infame está siendo nuestro destino! ¡Cuan desarraigadas se ven nuestras mercedes ahora!, que a estas alturas de escolanía y templanza ante nuestro bien amado Jesucristo, tengamos que sufrir la ira de una corona insatisfecha. Como con pesar y desespero ya sabréis, el poder castellano, adalid de la injusticia, pisotea y viola por vez enésima los fueros que nuestros padres con gran cariño nos legaron. Que se apoyan en la insurrección de los aragoneses para justificar su infamia opresora, pero que Su Merced es de buena tinta sabedora que no es así; que no somos insurrectos por defender tales fueros. No. Que no es desacato ni desplante cuando la jabalina defiende a sus jabatos. No. Pues en ésas nos viene defender lo nuestro.

Con gran pesar ya habrá recibido nuevas de que a mi buen Justicia Juan de Lanuza, defensor de lo nuestro y obstinado y tenaz donde los hubiera, le fue cortada la cabeza para repulsa y “habresevisto” de los zaragozanos y de todos los aragoneses; mas para que de no incurrir en contra de la decisión real nos cuidáramos todos muy mucho, se colocó el día anterior el cadalso cubierto de bayeta negra en la plaza del Mercado, custodiado por fuerte patrulla armada, para opulencia y estampa agorera de quien todo esto nos quiere imponer por la fuerza. Que por los desmanes que ese Felipe II, que es el primero para nosotros, y bien lo sabe Su Excelencia, me veo como foncense, aragonés y sirviente suyo en temor de huir por puerta trasera por estar en contra de lo que este rey y sus tercios a los aragoneses desea obligarnos. Y al valiente Duque de Villahermosa, don Fernando, hasta hace bien poco Conde de nuestra enajenada Ribagorza, ya lo tienen preso en a saberse qué lóbrega paridera real, con el solo pretexto de haber apoyado un levantamiento ilegítimo a ojos de ese rey fatuo; pero necesario a los de los que luchamos por esta tierra. Porque es eso lo que aviva mi comezón, Su Excelencia, el hecho de que me quieran ver ordenado y preso por no pensar como ellos piensan. Y desde esta oscura alcoba, con pluma larga en mano derecha, candela de doble vela junto a tintero, sobre buró de roble y entre paredes encaladas, le escribo esta carta por el amor que su pueblo, aquel que lo vio correr de chico con espadetas de madera por sus calles, eras y plazuelas, le tiene y le guarda a esta orilla de nuestro bravo Cinca. Y por ende, sepa Vuesa Merced que desde este latido hondo que en mi pecho emana por defender nuestros fueros y nuestra naturaleza, le pido con fervor, como quien último cartucho saca de su canana, que interceda por nosotros; si todavía por sus venas corre sangre aragonesa.
Para todo lo demás, Dios lo tenga en su seno, pues el nuestro bien lo ilumina con su llama.
Fonz, 10 de enero de 1592.
Año de nuestro señor Jesucristo.
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