La bitácora escarlata, Blog de Darío Español

jueves, 05 de febrero de 2009

THE READER (el lector)

 
Si repiqueteo los dedos contra mi escritorio casi al tiempo que escribo este artículo no es por gusto ni por vicio. Es que me abstengo contumazmente de descargar en versión original The Reader, la última delicatessen del celuloide de mi Kate Winslet. El tema es que quien me conoce sabe que a los estrenos me agrada ir de punto en blanco. Pero eso, al cine. En ascuas me tengo a mí mismo, aguardando ese anhelado día. Así que, con disciplina y estoicismo, me muerdo la lengua (y el labio por saber quien es su co-protagonista) si se me ocurre la delictiva idea de descargarla y verla. Que no, Dary, me digo; esperamos hasta el 12 de Febrero, y todos tan contentos. Pero mi desasosiego viene de más lejos. Hace un año cayó en mis manos un libro con maneras de efervescente best seller (de esos que se están cocinando en la antesala de mi mente...). Lo leí con avidez y quedé obnubilado. Su autor, Bernhard Schlink, relataba con pluma firme y panorámica de demiurgo una historia cruda, sincera, necesaria: reveladora. Esa maravillosa historia, ahora, nos llega a la gran pantalla de la mano del director Stephen Daldry. Michael es un adolescente alemán a quien el azar obliga a conocer a Hanna, una hermosa treintañera  que se gana la vida como revisora en el tranvía de la ciudad. Pero bajo la oscilante y protectora personalidad de Hanna se esconde algo más turbador..., que pelea por permanecer oculto. Comienzan una historia de amor que cuando asienta perspectivas de consolidarse queda abruptamente interrumpida al desaparecer élla sin dejar rastro. Sin solución de continuidad. Años más tarde, Michael es un estudiante de derecho que, como colofón a su curso universitario, debe trabajar en el desarrollo de un juicio contra varios acusados de la alemania nazi. La historia trasciende de lo litetario a lo emotivo cuando entre las acusadas se encuentra Hanna, a quien se le imputan delitos de omisión de socorro y demás lindezas cuando era la caporal que custodiaba, junto a otras oficiales, un campo de concentración nazi. Michael se debate entre el amor que hace años sentía y la ética. Ve a Hanna como la dulce mujer que escuchaba los libros que éste cada noche le leía mientras vivieron su romance, pero también como el monstruo que los testigos y las sesiones del juicio se empeñan en descubrir.  
Y ahí está mi Kate, bajo la piel de esa Hanna oscura, de la que yo también crei enamorme cuando leía el libro: ahora tierna, luego estricta; ahora ambigua, luego clara como agua de arroyo; ahora erguida, luego atribulada: Casi casi como la vida; casi casi como mi Kate.  

                                                        

Pero la historia va más allá. Hay que hablar de esa silenciosa sombra que cayó sobre las generaciones alemanas que vivieron el nazismo; aquéllas a las que su fuero interno condenó por mirar hacia otro lado, conocedoras de las atrocidades que se cometían. Es un atolladero moral, ético y racional, que aglutina esa pugna eterna en el corazón del ser humano: lo que se debe hacer de lo que es correcto hacer. Hanna sólo cumplía órdenes, se le pagaba por eso. Hanna no había nacido para cuestionar el orden establecido, sino para vivir y prosperar en una sociedad confundida. ¿Hasta dónde llega la culpabilidad del nazismo?¿Hasta quién abarca la responsabilidad?
De momento, como al pollino al que se coloca una zanahoria delante para que continúe su camino, esperaré que estrenen The Reader. A sabiendas de que no es poco, me conformo con pensar en que habré germinado siquiera un poco de curiosidad y voluntad de leer esta maravillosa novela. De lo mejorcito que puede encontrarse en el fondo de la librería. Y mi Kate les espera entre sus páginas.

  


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domingo, 01 de febrero de 2009

A Su Excelencia don Pedro Cerbuna y Negro,

ARTÍCULO PUIBLICADO EN L'URMO

Vuesa Merced tendrá a bien leer, junto al regocijo y calor de la llama de su cristiano hogaril, esta misiva que casi a escondidas me veo obligado a escribirle, por miedo a vil represalia castellana. Tenga Su Excelencia la consideración de quien se sabe bienhallado, cortés y comprensivo, de detener sus quehaceres pastorales en el obispado, para bien de nuestro Señor, con ruego de leer lo que con tan hondo y frío desespero me dispongo a relatar.

Desde mi salida de Zaragoza, allá por los diciembres del año postrero, no ha podido mi merced doblegar mi sufrimiento, pues ese rey español lo está avivando con sus desmanes en esta nuestra tierra. Y sepa Vuesa Merced, que con ávida rapidez comprende, ¡cuan infame está siendo nuestro destino! ¡Cuan desarraigadas se ven nuestras mercedes ahora!, que a estas alturas de escolanía y templanza ante nuestro bien amado Jesucristo, tengamos que sufrir la ira de una corona insatisfecha. Como con pesar y desespero ya sabréis, el poder castellano, adalid de la injusticia, pisotea y viola por vez enésima los fueros que nuestros padres con gran cariño nos legaron. Que se apoyan en la insurrección de los aragoneses para justificar su infamia opresora, pero que Su Merced es de buena tinta sabedora que no es así; que no somos insurrectos por defender tales fueros. No. Que no es desacato ni desplante cuando la jabalina defiende a sus jabatos. No. Pues en ésas nos viene defender lo nuestro.


           
Con gran pesar ya habrá recibido nuevas de que a mi buen Justicia Juan de Lanuza, defensor de lo nuestro y obstinado y tenaz donde los hubiera, le fue cortada la cabeza para repulsa y “habresevisto” de los zaragozanos y de todos los aragoneses; mas para que de no incurrir en contra de la decisión real nos cuidáramos todos muy mucho, se colocó el día anterior el cadalso cubierto de bayeta negra en la plaza del Mercado, custodiado por fuerte patrulla armada, para opulencia y estampa agorera de quien todo esto nos quiere imponer por la fuerza. Que por los desmanes que ese Felipe II, que es el primero para nosotros, y bien lo sabe Su Excelencia, me veo como foncense, aragonés y sirviente suyo en  temor de huir por puerta trasera por estar en contra de lo que este rey y sus tercios a los aragoneses desea obligarnos. Y al valiente Duque de Villahermosa, don Fernando, hasta hace bien poco Conde de nuestra enajenada Ribagorza, ya lo tienen preso en a saberse qué lóbrega paridera real, con el solo pretexto de haber apoyado un levantamiento ilegítimo a ojos de ese rey fatuo; pero necesario a los de los que luchamos por esta tierra. Porque es eso lo que aviva mi comezón, Su Excelencia, el hecho de que me quieran ver ordenado y preso por no pensar como ellos piensan. Y desde esta oscura alcoba, con pluma larga en mano derecha, candela de doble vela junto a tintero, sobre buró de roble y entre paredes encaladas, le escribo esta carta por el amor que su pueblo, aquel que lo vio correr de chico con espadetas de madera por sus calles, eras y plazuelas, le tiene y le guarda a esta orilla de nuestro bravo Cinca. Y por ende, sepa Vuesa Merced que desde este latido hondo que en mi pecho emana por defender nuestros fueros y nuestra naturaleza, le pido con fervor, como quien último cartucho saca de su canana, que interceda por nosotros; si todavía por sus venas corre sangre aragonesa.

Para todo lo demás, Dios lo tenga en su seno, pues el nuestro bien lo ilumina con su llama.

 

Fonz, 10 de enero de 1592.

Año de nuestro señor Jesucristo.

 


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LA RIBAGORZA EN ÉPOCA MODERNA

ARTÍCULO PUBLICADO EN L'AIGÜETA DE LA RIBAGORZA


       La llegada del Renacimiento, y con él la época moderna, marca un florecimiento cultural sin precedentes. Atrás quedará la imagen del hombre medieval, una imagen oscura y reprimida, fundamentada en el teocentrismo (díos como centro del universo). Una nueva etapa comienza, el hombre empieza a creer en sí mismo, a reinterpretar los mensajes divinos. Este nuevo hombre da la bienvenida al antropocentrismo (el hombre en el centro de ese universo). Las ciencias, el arte, la filosofía y las disciplinas humanísticas florecen de manera culta, ordenada, armónica y ornamental. Atrás queda el hombre temeroso de dios, reprimido por unos valores sociales anquilosados. Las catedrales se elevan al cielo, las formas artísticas rememoran las sociedades clásicas –Grecia y Roma- y el Estado abandona paulatinamente su condición feudal, básicamente podemos decir que se “nacionaliza”.  La burguesía ya no comprende a mercaderes emprendedores que son capaces de llevar una vida digna alimentando correctamente a los suyos, si no que se trata de, en ocasiones, grandes comerciantes, dueños de grandes imperios mercantiles marítimos y terrestres; mirando ya por encima del hombro a un gran porcentaje de la nobleza. Nuestra España de este tiempo es aquella que el lector es capaza de imaginar con unas leves indicaciones: La España del Quijote, de los Austrias, esa que Pérez Reverte nos bosqueja magistralmente en “el Capitán Alatriste”; la de Quevedo y Góngora, la del Conde Duque de Olivares pintado por Velázquez sobre su caballo… Atrévanse a viajar conmigo en los siguientes números por esa sociedad prolífica y nueva, infame y emocionante, halagüeña y miserable…


      El siglo XVI en Aragón es un siglo de auge demográfico, caracterizado por la baja densidad de población, pero sujeta a una importante dispersión. Este crecimiento se vio frenado por la creciente proliferación de epidemias y pestes, algo común para toda la vieja Europa. La mala higiene, como norma general, la masiva inmigración, la mala alimentación son algunos de las causas de estas epidemias. Otro factor característico de esta época es la proliferación de alteraciones sociales. En nuestra amada Ribagorza, nuestros antepasados contaron unas cuantas. Tales alteraciones venían condicionadas por el marcado carácter propio que nuestro territorio fue construyendo a lo largo de su historia anterior. Ya hemos hablado de que, como entidad política, jugó un papel preponderante en la constitución de nuestro flamante reino aragonés; pues bien, la sociedad y la política de la época sabían lo que le debían a nuestra Ribagorza.

Año 1554, el Conde Martín I, duque de Villahermosa, ostenta el poder político del condado, un condado mucho más extenso que nuestra actual comarca (llegaba hasta Monzón y Tamarite). Felipe II (que gobierna en ausencia de su padre Carlos I), desposee del título al conde, queriendo anular políticamente su soberanía como tal. Esta intención responde a la iniciativa de varios vasallos rebeldes suyos, que desde dentro del condado desean que se anule políticamente el mismo, vinculándose al territorio de jurisdicción real. El conde denunció el atropello ante el Justicia de Aragón, el cual le dio la razón, devolviéndole lo que era suyo, hecho que no hizo más que encrespar más los ánimos, enfrentado a vasallos partidarios de uno y otro bando, y dejando el condado al borde de la guerra civil. Años más tarde, en 1578, una revuelta surgida en Benabarre (sin duda alentada por las esferas próximas a la monarquía), cuna del orgullo señorial, hace renunciar al condado a Martín I, en favor de su hijo Fernando. Los rebeldes, comandados por Juan de Ager, natural de Calasanz; comienzan a controlar el condado, tambaleándose la cúpula condal ribagorzana…

Pero el impetuoso y joven conde Fernando no iba a dejar las cosas así. Al frente de un nutrido ejército, apoyado por los señores locales afines a su causa. Reunido éste en Benasque, recorre el valle tomando los focos de resistencia, llegando hasta Benabarre, capital del condado, para “poner firmes” a los rebeldes allí atrincherados. Allí es muerto Juan de Ager y restablecida la soberanía condal; aunque la monarquía se encargó de deslegitimar su triunfo alegando alianzas del conde con luteranos, e incluso, acusarle de pertenecer a una familia con raigambres judías.

Pero años más tarde, en 1588, los rebeldes vuelven a la carga. Toman Benabarre, y lo intentan con su castillo, contemplando sus murallas desde lo alto del cerro su deprimente fracaso. Tras este incidente y algunos más, la monarquía toma cartas en el asunto y amistosamente muestra su intención de negociar con el conde. Se le ofrece su renuncia al condado, el conde, entre la espada y la pared, se siente traicionado. Abandonado y con las tropas del Justicia en Barbastro, camino de Ribagorza, el conde abandona sus posesiones. Concluía así el dominio señorial de los Villahermosa como condes de Ribagorza.


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EL CIRCO NACIONAL

¡Pasen y vean damas y caballeros! Creí leer a la entrada del túnel Bielsa-Aragnouet la última vez que pasé. Y supongo que el mismo letrero debe figurar en todas las entradas de nuestra querida España. Sí amigos, cierro los ojos e imagino en el Somport a un hombre vestido de arlequín invitándonos a entrar en este circo de país. Porque es en una vergonzosa palestra en lo que están convirtiendo nuestra sociedad algunas lamentables cadenas de televisión y otros medios de mediocre comunicación. A alguien oí partir una lanza en favor del poder educativo de la televisión, <<es un arma muy poderosa>>; pues bien, resulta que este invento maravilloso, en España, es un arma de destrucción masiva. Quién iba a decir que la basura guiaría nuestras vidas en pleno siglo veintiuno; es más, que de ella iban a comer una infinidad de cultivadores de malos gustos. Seguro que más de un sabio lector coincidirá conmigo en opinar que, la programación de ciertas cadenas privadas no se merece otro apelativo que lamentable. Los truculentos programas del desafortunado “corazón”, lleno de chupasangres sin escrúpulos, famosillos de medio pelo ávidos de recibir sopapos televisivos, patéticas historias que malcrían el poco buen gusto que nos queda en lo más profundo; espacios carentes de rigor, abanderados de la hipocresía y la venganza, con espectáculos circenses que mancillan, mañana, tarde y noche, la educación que debería estar dando la tele a los más pequeños, una maloliente congregación de “patiños”, “sardás” y “lozanos” que el primer día que pisaron la facultad ya habían malinterpretado su futura profesión. Seguro que si el periodismo pudiera hablar ahora sollozaría desconsolado. ¿De verdad es esta la educación que queremos en el futuro para nuestros hijos? ¿Un circo de terroristas mediáticos que ha prendido fuego a los dibujos animados? Señores, pasen y vean, como si de un espectáculo contemplativo circense se tratara, la sociedad del chismorreo, el critiqueo y el deshonor, aquella en la que hemos decidido vivir.


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LOS NOMBRES NOS DELATAN… (2)

ARTÍCULO PUBLICADO EN L'AIGÜETA DE LA RIBAGORZA

Nos delatan y nos confirman hipótesis y teorías. En el anterior capítulo vimos algunas de las formaciones toponímicas más características y abundantes de nuestra querida comarca. Ya vimos que existen topónimos que no alimentan en demasía nuestra suspicacia, por referirse, inexorablemente a aspectos constitutivos de su población o emplazamiento geológico; o simplemente nos informan del terrateniente que dejó su firma para la posteridad. Ahora bien, la toponimia, al estar emparentada con la historia, es sin duda un misterio. Muchos de ustedes, señores lectores, coincidirán conmigo cuando afirmo que la historia es un gran misterio… y eso es lo que la hace apasionante.

         Nuestros 2200 años ininterrumpidos –hasta nuestros días- de historia romana, no han conseguido menguar, ni eliminar completamente, lo que aun nos queda de los moradores anteriores a ellos. Al hilo de esto, podemos encontrar sustratos toponímicos célticos y vascones en nuestro territorio.

         Entre los años 900 y 600 a.C., coincidiendo con el Bronce final, penetran en la península oleadas de pueblos de origen céltico, los cuales se insertarán en la dinámica social, ya existente, de la población autóctona peninsular. Estas gentes aportarán modos de vida y de producción, así como avances sociales, militares y religiosos a los indígenas, abonando el camino para la formación de la cultura ibera que llegaría siglos después. De entre los términos más destacados de origen céltico destacamos –briga-, sufijo que podemos ver en Ballabriga, literalmente “pueblo de celtas”. Otras poblaciones que mantienen esa reminiscencia céltica son Beranuy y Serraduy, los cuales nos hacen referencia a dos antrotopónimos (relativo a un nombre de persona) pero con sufijo celtificado.

         Muchos de ustedes se preguntarán ¿Qué pintan topónimos vascones en nuestra Ribagorza? El pueblo vascón (o euskaro) se cree que fue una tribu autóctona que habitó, en origen, en la actual Navarra. Parece ser que este pueblo, salvaje y belicoso, culturizó a otras tribus adyacentes a su territorio, tal como várdulos, caristios o autrigones (pueblos celtas ubicados en el actual País Vasco); y a iaccetanos, oscetanos e ilergetes montañeses (los dos primeros pertenecientes a un tronco común al vasco) ubicados en nuestros solares pirenaicos. Estos pueblos adoptarían diferentes dialectos euskaras, dando lugar a los topónimos que hoy conservamos. Muchos de ellos son evidentes, tal como Bisaurri o Benabarre, alusión a sendos antrotopónimos con sufijo vascón. Ejep nos muestra una variación del término “Etxa” subyacente en el nombre de Echo (pueblo de la jacetania), y que significa “casa”. Otro topónimo característico es el de Benasque, el cual es una combinación del término céltico Ben (“montaña”) y asque, que proviene de la voz vascona “Osca” (al igual que Huesca), significa literalmente “pueblo de la montaña”.  

  

         Sin duda, la conservación de estos característicos topónimos tiene mucho que ver con el aislamiento que los valles pirenaicos experimentaron en los diferentes estadios de nuestra historia. Tanto es así que en los albores del Renacimiento todavía se hablaba vascón en algunos recónditos lugares del pirineo. La toponimia, como disciplina inexacta, esconde tras de sí innumerables misterios; los cuales aportan al viejo tomo de enciclopedia pasajes cifrados aun por descubrir… y disfrutar. 


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LOS NOMBRES NOS DELATAN… (1)

ARTÍCULO PUBLICADO EN L'AIGÜETA DE LA RIBAGORZA

Una de las premisas fundamentales para estudiar, comprender o simplemente saber más acerca del pasado de una región o pueblo determinado, es el estudio de su toponimia. La toponimia es una rama de la onomástica que trata de discernir el estudio y origen de los nombres propios de un área determinada. Digo premisa fundamental, porque sin duda se trata de la rúbrica que la vieja historia ha depositado en pueblos, zonas y regiones de nuestra vasta geografía.

         La Ribagorza se vanagloria de poseer un registro toponímico nutrido y variado. Como si de un polvoriento tomo de enciclopedia se tratara, nuestra comarca abarca nombres que provienen de sustratos célticos, vascones o ibérico-vascones, romanos, visigodos y árabes. Asimismo debemos entender que esta disciplina también se caracteriza por ostentar un margen de error y de ambigüedad muy elevado, ya que a lo largo de los años los términos provenientes de distintas raigambres idiomáticas se fusionan, reinterpretan o modifican; suponiendo esto una de las mayores amenazas a esta bendita disciplina.

         Con todo, los topónimos más numerosos hacen referencia a época de dominación romana. Ejemplos de algunos de ellos son Secastilla, referente a los “siete castillos” que albergaba su territorio; Víu, del latín Vicus (poblado); Roda de Isábena y la Puebla de Roda hacen referencia al concepto latino “rota” que significa ruta; Graus guarda similitud con otras poblaciones en lo que a su nombre indica, estamos hablando en este caso de una designación latina que indica la disposición de la villa en forma de graderío (“gradus”). De esta época son muy comunes los antrotopónimos, es decir las designaciones de lugar como pertenencia a un señor, dueño o persona física. Encontramos Chuseu (perteneciente a un tal Justius), Bonansa (a un tal Venancio) o Aguinaliu (a un tal Aquilano); sin duda se trataría de terratenientes poseedores del territorio donde se asentaban y se asientan tales poblaciones.


        Como hemos señalado antes es fácil caer en el error, ya que muchas de estas nominaciones, según algunos historiadores, pueden también hacer referencia a circunstancias de la orografía o geología donde se ubican las poblaciones, así como a actividades agrícolas, pecuarias o militares de sus moradores o bien a aspectos de fauna y flora característicos del lugar (Aguinaliu: Aguila+nido, Bonansa: deshielo, lugar orientado a la solana, etc…). Si bien es cierto que otros topónimos no inducen a ningún tipo de equivocación, por tratarse de nominaciones evidentes según las características arriba citadas: La PUEBLA de Castro, VILAnova, La PUEBLA de Fantova; en lo referente a características poblacionales; CASTEJÓN, SeCASTILLA (castillos) o TORRES del Obispo en lo referente a fortificaciones; CERLER (Cillero: almacén de grano) referente a actividades agrícolas y PURROY de la Solana (Pueyo [tozal, montículo] rojo) como descripción del emplazamiento geológico del lugar.

Como se puede observar los topónimos de origen latino son los más numerosos; realmente lógico si nos atenemos a factores de temporalidad y asimilación cultural. Lo que resulta más extraño es entender como topónimos de origen anterior y lingüísticamente más “misteriosos” han llegado hasta nuestros días… El polvoriento tomo de enciclopedia suele plantearnos, en ocasiones, retos y enigmas de difícil interpretación. (Continua en la siguiente edición)


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DE CONDADO A REINO

ARTÍCULO PUBLICADO EN L'AIGÜETA DE LA RIBAGORZA

Muchos de nosotros somos afortunados de sentir lo que sentimos cada vez que paseamos por los campos, oteamos los valles y disfrutamos de nuestro horizonte. Que nos regocije amar la tierra que pisamos responde sin duda al aprecio que ella nos merece. Nuestros antepasados ya la sintieron así; lloraron, vivieron, progresaron y murieron por ella. Si allá por el siglo VIII los visigodos se traicionaron a sí mismos con la caída de su reino; durante los años venideros gentes que sentían su tierra como propia terminaron por fraguar un sentimiento que les fue común al nuestro. Si bien el “Territorium Riparcurciense” fue diseñado, tras esos años convulsos, como tapón de bañera ante la incipiente altanería musulmana; es inherente a esto que las gentes que levantaron el primigenio condado ya sentían un gran apego al mismo. Hilvanado políticamente este territorio a los señores carolingios trasnfronterizos; sus gentes oriundas ya se vinculaban a él, prueba de ello fue la construcción, en el siglo IX, del monasterio de Santa María de Alaón, en torno al cual se articulaba una población a la defensiva. Pero los mazazos de los enemigos eran constantes. Los musulmanes de Huesca, mandados por su gobernador al-Tawil, asolaron y conquistaron de nuevo la Ribagorza, aprovechando el momento de flaqueza que experimentaba tras su separación de Pallars.  Era época de héroes y caudillos cristianos: El conde Bernardo, de origen franco, expulsa de nuevo al moro de estos lares y los derrota en singular batalla cerca de Calasanz, años más tarde fortifica su precioso condado mientras que “enseña los dientes” desde el Ésera y el Isábena a las coras musulmanas que se asientan en el llano. Bernardo reedifica la ciudad de Roda y enarbola allí un obispado propio, como cabeza visible y ostentosa de poder frente a las envidias de condados vecinos. En torno al año mil, las huestes de la media luna vuelven a castigar nuestra tierra de bisagra. Un ejército, mandado por el hijo del gran caudillo Al-manzor, arrasa Santa Liestra y San Quílez, a la vez que destruye la capital rotense. Últimos malos tiempos para el condado que, con el debilitamiento político de los musulmanes, comienza a ver salir el sol entre sus ensangrentadas rendijas. Sancho III el Mayor, primer gran señor de la iberia cristiana postvisigótica, deja en herencia, tras su muerte, la Ribagorza a su hijo Gonzalo. Alrededor del año 1043 se consumaban la unión del condado de Ribagorza al reino de Aragón, dada la muerte de Gonzalo. Un nuevo territorio, fruto del amor de unos señores y de unos vasallos por su tierra, nacía. Atrás quedaban las ansias musulmanas de conquistar este territorio para explotarlo deficientemente; o la codicia de los señores francos al utilizarlo de parapeto militar, cual tablero de ajedrez se tratara.


       
Pese a los devenires en esta transición de condado vetusto, a reino floreciente, debemos tener en cuenta que sus gentes sangraron por esta tierra, lloraron por estos valles y amaron cerca de sus ríos… tal como hacemos ahora, de hecho el hombre no ha cambiado tanto…


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