jueves, 20 de agosto de 2009

Llegó un día un niño de ocho años a la plaza de Fonz, cogido de la mano de su padre. Era un niño vivo, extrovertido y juguetón. Caminaba deprisa, con sus zapatos negros de hebilla sobre el empeine y con el pelo sobre la frente de un tono desaforado y chillón, lanzando reflejos ambiguos, casi imperceptibles. Como digo, movía sus pequeñas piernas dando pequeños pasos nerviosos; embargado con el maravilloso bálsamo del sentimiento más estupendo. Ese sentimiento es el que nace en el vientre y extiende sus tentáculo hasta las amígdalas, con un cosquilleo divino que acaricia reververante el torso, eleva la comba de la sonrisa y produce adrenalina, serotonina y felicidad. Ése. Justo el que están pensando. El que prepara al ansioso cuerpo para un momento único, irrepetible, uno de los que tejen los motivos de vivir. El aire era el mismo de todo el año, pero alguien había inyectado nuevas sensaciones y efluvios. Venía cargado de gritos, de risas, de gente feliz, de abrazos, de tintineo inaudible de hielos en la bebida y del crujido eterno de vasos de plástico al ser aplastados. La ansiedad que invadía el vientre del niño estalló de golpe inundando todos los miembros de su pequeño cuerpo cuando su padre, con él en brazos, lo metío en el ayuntamiento del pueblo y le dijo: <<ése es el toro de fuego>>.Y delante estaba el mismísimo demonio, negro como el agujero más profundo, de un azabache que ciega no más verlo, malvado cual el más mezquino de los cometidos. Impávido, como una mole de metal amenazante, levantaba su silueta como un gigante aterrador. Y le miraba fijamente, era de fuego, pero su mirada era más fría que el mismo hielo eterno. El niño cerró los ojos y contuvo la respiración. Esa noche sintió miedo. Y luego pánico cuando, al salir de contemplar tan horrendo ser de mirada impenetrable, las luces se apagaron de golpe, y la gente, empujada por el instinto más primario, comenzó a correr despavorida, quizás en busca de sus hijos desperdigados o quizás para salvarse a sí misma de un fin indeseable. Su padre, con una inexplicable sonrisa glacial en los labios, sacó en brazos al pequeño de la escena y lo condujo a un lugar seguro. Con la misma sonrisa, lo levanto en el aire y lo montó sobre sus hombros. El pequeño mezcló involuntariamente dos sensaciones irreconciliables que sólo pueden conjugarse en una situación de esas características: la del miedo y la emoción; la de la emoción placentera que muy esporádicamente produce el miedo. El toro, como una bestia inmensa de maldad insondable, atravesó la plaza incendiado todo a su paso, alojando, inmisericorde, un velo maléfico de caos, gritos y confusión tras él. La gente gritaba y corría, empapada en un olor sulfúrico e irritante, de matices ocres y fatuos; y el muchacho, desde la lejanía, sintió que estaba en peligro; pero que siempre amaría el peligro. 
Y veinte años después, hace tan sólo unos días, ese niño, que es el que escribe, entró en la plaza de su pueblo con los mismo pasos nerviosos con los que lo hiciera antaño, pero con el pelo de punta en lugar de sobre la frente. Justo atravesó el umbral de casa del practicante cuando las luces de media plaza se apagaron de súbito, abocando el pánico a la mismísima garganta de los allí congregados, sumiendo al gentío en un desbocado galope festivo hacia todos lados y hacia ninguna parte. Con un rescoldo de cariño y de nostalgia confitándose lento en su corazón, dejó pasar a tres mujeres con carricoche que alzaban sus llamadas de búsqueda sobre los llantos desconsolados de pánico que emitían los pequeños a quienes empujaban. Nuevamente, se colocó despacio en un lugar apartado, desde el cual poder contemplar como el toro, ese infame ser salido desde las más lobregas profundidades según los niños de ocho años, abrasaba a base de júbilo y felicidad su querido pueblo; tal como hicera antaño, tal como hizo el año pasado, y tal como, esperemos, lo siga haciendo por muchos años. Luego, con ese sabor sulfúrico, único y caraterístico, que pone la carne de gallina, inundando agrio el ambiente, se quitó despacio con el dedo una lágrima traicionera que huia entre las petañas, y recordó al niño de ocho años. Con la mirada hacia el cielo, el niño de veintiocho años se dijo: <<vamos a la peña, muchacho, a por una cerveza. Vamos disfrutar de los mejores cinco días de año. Vamos a rendir ese homenaje a las fiestas de mi pueblo. Pocas veces ser feliz puede afirmarse de forma más evidente>>. Recordó también que todo ha cambiado desde la primera vez que lo vio; todo menos esa sensación que les describía al inicio del texto. Ésa, lo juro, no ha cambiado ni un ápice.

  


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